Puerto Rico: ¿Memorial Day?

Por Rafael Cancel Miranda /Resumen Latinoamericano / 28 mayo 2017 .-

El 2 de marzo de 1917 el gobierno estadounidense impuso su ciudadanía a los puertorriqueños, pese al rechazo del parlamento boricua.  La imposición de esta ciudadanía no implicaba que fuéramos ciudadanos “americanos”, sino que éramos su propiedad, les pertenecíamos.  Fue lo mismo que hicieron con los esclavos al ponerles sus apellidos para significar que eran de su propiedad, no sus iguales. La Segunda Guerra Mundial y la situación con Alemania, cuyos submarinos surcaban el Caribe, tuvo mucho que ver con esta imposición.  El gobierno estadounidense quería asegurarse de que Alemania tuviera claro que esta isla y sus aguas circundantes les pertenecían.

Dos meses más tarde, en mayo de 1917 impusieron a los puertorriqueños el servicio militar obligatorio.  Sabemos de los cientos de jóvenes puertorriqueños que han muerto en guerras que no son nuestras y contra pueblos que no son nuestros enemigos.  Existe un libro publicado en 1935, War is a Racket, escrito por el almirante Smedley D. Butler, el  militar más condecorado de su época.  En este libro el almirante Butler analiza cómo las grandes corporaciones manipulan  a los políticos y gobernantes estadounidenses para obtener grandes beneficios de la industria de la  guerra, a la vez que se apoderan de los recursos naturales de los países agredidos.  Mientras, el pueblo sacrifica a sus hijos.  Con el tiempo, el libro de Butler se convirtió en un clásico del movimiento antibelicista, fue reeditado en múltiples ocasiones y todavía está fácilmente disponible a través de la Internet.

 El Día de la Recordación Puertorriqueña

Solo en Puerto Rico ha sucedido que un padre y sus cinco hijos, entre ellos uno ciego, hayan sido encarcelados al mismo tiempo por rehusar ser parte del ejército invasor de su patria.  Tal fue el caso del patriota don Ramón Medina Ramírez (quien fue presidente interino del Partido Nacionalista de Puerto Rico) y sus hijos Alberto, Armando, Eugenio (ciego), Fernando y Ramón H. Medina Maisonave.

Como muchos saben, un tribunal estadounidense en 1949 me sentenció a dos años y un día de prisión por rehusar inscribirme en su ejército, ejército que nos bombardeó el 12 de mayo de 1898, matando a puertorriqueños en sus casas y en las calles, y nos invadió el 25 de julio de ese mismo año.  Luego, bajo órdenes del coronel Elisha Francis Riggs, la policía insular masacró a cuatro jóvenes nacionalistas que se dirigían a la Universidad de Puerto Rico.  El 21 de marzo de 1937, bajó órdenes del general Blanton Winship,  masacraron en Ponce a 19 puertorriqueños e hirieron a más de 200.  Mis padres fueron sobrevivientes de esa masacre.   Después de esos crímenes contra mi pueblo,  todavía pretendían que me inscribiera en su ejército y fuera a matar coreanos o a morir en Corea para defender los intereses de sus grandes corporaciones. En 1948, me negué a inscribirme en su ejército y fui enviado a la prisión federal de Tallahassee, Florida, junto a cinco compañeros nacionalistas.

Para finalizar, quisiera contarles una anécdota conmovedora sobre un encuentro con una joven estudiante coreana en una universidad de California.  La misma está publicada en mi libro Remando bajo la lluvia.

La bala que no disparé

 Hará unos años me invitaron a hablar en una universidad en California.  También estaban invitados otros dos oradores, uno de Filipinas y otro de Cuba.  Cada orador tenía un estudiante asignado para  presentarlo.  Entre los tres estudiantes había una joven coreana a la cual le tocaba presentar a uno de los otros dos oradores, pero luego de leer el resumé de cada uno de nosotros, insistió vehementemente en presentarme.  Me miraba con una emoción y un cariño que no podía entender pues era la primera vez que la veía.  Luego, con voz casi temblorosa, me contó esta historia. 

 Había leído en mi resumé que de joven yo había estado encarcelado durante dos años por rehusarme a matar coreanos.  Ella me decía, con su mentalidad oriental, que la bala que yo me negué a disparar en Corea pudo haber sido la bala destinada a su abuelo.  Al yo no dispararla, se salvó la vida de aquel jovencito coreano que más tarde fue el padre de su padre, o sea, su abuelo.  Por lo tanto, —me decía— ella me debía la vida y de ahí su insistencia en ser mi presentadora.  Lo que quizás ella no sabía era que, al decirme eso, me hacía sentir aún mucho mejor de lo que me sentía por no haber participado en el crimen contra Corea

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