Las ONG al servicio de la CIA

Desde la Paz de Westfalia en 1648 y la aparición del Estado-nación, los actores fundamentales en las relaciones internacionales fueron exclusividad de los mismos Estados.

Sin embargo, las Organizaciones No Gubernamentales (oenegés) que hicieron sus primeras incursiones a finales del siglo XIX, no gozaron del reconocimiento internacional hasta el establecimiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, cuando se les otorgó una función consultiva por ese organismo, según lo establecido en el artículo 71 del capítulo 10 de la carta de las Naciones Unidas.

A partir de 1945, las oenegés pasaron a ser actores importantes en las relaciones internacionales, pero también útiles instrumentos para los propósitos geopolíticos de las potencias hegemónicas.

Tema central

Es harto conocido que EE.UU. financia varias Organizaciones No Gubernamentales (oenegés) en América Latina, Europa Oriental, Asia, Eurasia y África con el fin de debilitar o torcer el brazo a los gobiernos soberanos e impulsar sus propios intereses políticos y económicos.

Bajo la estrategia de golpes suaves o Revoluciones de Colores, teorizada por los estrategas estadounidenses Gene Sharp y Joseph Nye, la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por ‎sus siglas en inglés) de EE.UU. crea la Fundación Nacional para la Democracia (NED), la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y el Instituto Republicano Internacional (IRI), para la concreción de sus planes geopolíticos y la promoción de sus intereses en el mundo.

Según datos públicos de la agencia, la misma gasta cerca de 30 millones de dólares al año para apoyar a partidos políticos, sindicatos, movimientos disidentes y medios informativos, buscando, como dicen ‘promover la democracia y los valores occidentales en el mundo’.

La verdad, es que esos gigantes recursos provenientes de los fondos públicos estadounidenses son utilizados para la desestabilización de gobiernos democráticos y progresistas y nacionalistas que no se subordinan a los intereses de Estados Unidos.

Muchas veces estas oenegés se presentan con perfiles medioambientales o humanitarios y altruistas, pero su verdadero propósito es ganarse la aceptación popular y tener una alta injerencia en la política interna de los países que no se subordinan a los intereses imperiales.

Durante los últimos años, varios países de América Latina, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, pero también Rusia, China, Siria e Irán han denunciado las acciones intervencionistas encubiertas de EE.UU. que través de sus oenegés financian a otras en sus respectivos países y a los partidos políticos de oposición con el fin de subvertir el orden democrático.

El siglo XXI trajo nuevos desafíos para el imperialismo estadounidense. Con sus ojos puestos en el Oriente Medio, Asia, Eurasia y Europa Oriental, subestimaron las capacidades de los pueblos de esta región y la visión de sus líderes.

Cuando voltearon, ya la Revolución Bolivariana había echado raíces en Venezuela, y su ejemplo recorría por todo el continente. Los pueblos de Ecuador, Bolivia, Nicaragua, entre otros, se levantaron contra la opresión y el invierno neoliberal que los ahogaban.

De inmediato, Washington activó sus oenegés para el financiamiento de los partidos políticos y las organizaciones no gubernamentales que promovían su agenda.

En los últimos 10 años, más de 15 millones de dólares ha destinado la Fundación Nacional para la Democracia (NED) a sectores de la derecha que se amparan bajo  la figura de las llamadas ONG y partidos políticos en Venezuela. Esto de acuerdo con los informes que son publicados anualmente en su misma página web.

En Venezuela, estos recursos han servido para financiar, además, los actos vandálicos y terroristas conocidos como ‘las guarimbas’ contra el Gobierno del extinto presidente Hugo Chávez y del actual presidente Nicolás Maduro.

Cabe destacar que en mayo de 2013, El presidente de Bolivia, Evo Morales, acusó a la agencia USAID que operaba en el país andino desde 1964, de injerencia en asuntos políticos internos, y decide expulsarla para siempre de su territorio.

¿Puede permitirse un país soberano la injerencia disimulada de un país extranjero a través de terceros ‘nacionales’?

Acaso, el hecho de recibir dinero de una potencia hostil que persigue mantener sus privilegios, no convierte a esos grupos en agentes al servicio del extranjero?

Por Basem y Laila Tejaldine/ Resumen Latinoamericano/HispanTv, 25 de abril 2017.

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