CON EL PIE DERECHO

(Giselle Morales Rodríguez)

Una llega colgando de dos muletas, con las indicaciones del fisiatra estampadas en un talonario, las placas del pie fracturado por si hicieran falta y una cara de susto que se nota a la legua. Una llega así, desconsolada, pensando que demorará meses en caminar después del virón de pie más tonto que ojos humanos han visto, y sucede que a los cuatro o cinco días ya va dejando las muletas regadas.

“Lo que esta gente ha hecho contigo es magia”, me dice una amiga que vivió en tiempo real mi fractura del empeine en pleno centro histórico de Bayamo, el yeso que me encasquetaron hasta la rodilla y lo endeble que quedó la pierna luego de casi 40 días sin movimiento.

“Magia, magia”, repite deslumbrada, y yo le aclaro que no, que devolver la vitalidad corporal perdida es cuestión de ciencia, y que “esta gente”, como ella los llama, son los más de 20 especialistas y técnicos de la Sala de Rehabilitación Integral (SRI) del policlínico de Olivos I, de Sancti Spíritus, que si algún ensalmo místico dominan es el del cariño.

No es que lo diga yo, que me confieso obnubilada con la atención de Primer Mundo; es que lo afirman la señora que lleva años apaciguando con corrientes y masajes y ventosas los dolores en la cervical, la madre de una bebé que muestra signos evidentes de retraso muscular, el guajiro que viene a fortalecerse la muñeca a base de magnetoterapia… pacientes y más pacientes hasta rondar la elevadísima cifra de 300 diarios.

“Hay días y días, como es lógico”, me explica Geiquel León López, jefe del departamento de SRI en un centro asistencial que atiende a alrededor de 15 000 pobladores en un radio de acción que va desde el bulevar espirituano hasta los límites con Jatibonico. Y para apuntalar su apreciación echa mano a cuanta planilla, tarjeta, modelo o expediente deje constancia de la evolución de los pacientes.

La sesión de la mañana es la más difícil, concuerda el equipo, sobre todo desde que uno de los locales de los que disponían cerró por fallos en la estructura y especialidades como logopedia, podología y medicina natural y tradicional tuvieron que acomodarse a como diera lugar en el gimnasio y espacios aledaños para no suspender el servicio.

“Quizás no sean las condiciones ideales porque estamos un poco hacinados aquí, pero luego vienen ellos y te hacen los procedimientos con un amor y con una dedicación que se te olvida cualquier inconveniente”, sostiene Ada Mireya Pérez, una señora que desde principios de año se repone de una fractura de codo.

Más allá del rigor con que la tropa de Geiquel asume cada caso, hay un no-sé-qué extra, un rasgo —espiritual, si se quiere— que algunos llaman aptitud y otros, sensibilidad para con el dolor ajeno, que debería venir por default en el paquete de la Salud Pública cubana y que, al menos en el servicio de fisioterapia de Olivos I, alivia tanto como el más sofisticado de los tratamientos.

Alivia, y de qué manera, que Ana te acorrale el dolor con esa suerte de puntero láser mientras te describe los progresos de sus hijos; que el Chino sacuda a golpe de chistes el nerviosismo que te siguen provocando los electrodos con corriente; que Richel te gire hacia un lado y hacia el otro el pie adolorido y te cuente los sobresaltos del padre primerizo que será en julio próximo. Alivia, al punto en que sales de allí a mitad de mañana con la certeza de que, si quisieras, podrías competir con el mismísimo Usain Bolt en las Olimpiadas de Tokio.

“Muchacha, pero ya tú estás así”, se sorprenden hasta los propios terapeutas, una expresión que viene a ratificar lo que intuía desde que llegué al policlínico muerta del susto y arreguindada de las muletas: muy a pesar de la fractura en el pie izquierdo, a la rehabilitación le entré con el derecho.

https://cubaprofunda.wordpress.com

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